
Hace no demasiado tiempo mantenía una conversación con una amiga a propósito del planeta y de los problemas ambientales. Soñábamos con un mundo virgen, lleno de vegetación y de animales, libre de contaminación, de ruidos y de bullicio. Tal vez hace miles de años, cuando la humanidad era joven, nuestro planeta era un sitio bastante diferente a como es hoy, una tierra domesticada. La conversación se fue haciendo cada vez más profunda, hasta llegar al campo de la filosofía y del existencialismo. Y tras una pausa dramática que duró tan sólo un instante, mi amiga declaró que tal vez no deberíamos existir.
Aquella afirmación me llenó de pesar. La mayor parte de las culturas del planeta han considerado al ser humano como el centro de la creación, y se han dado a sí mismos el título de «nosotros», «los verdederos hombres» o «hijos de Dios». ¿Cómo puede ser que hayamos llegado a negarnos el derecho a existir?
Después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) el mundo «civilizado» encontró con horror los campos de extermino tanto en Europa como en Asia. Aturdidos ante la barbarie, y sin comprender cómo había estado la humanidad ajena a lo que sucedía, occidente entró en crisis. Tanto avance, tanto desarrollo científico, técnico y económico, no había evitado dos guerras mundiales con millones de muertos, heridos y damnificados. Se había plantado la semilla de la crisis de la posmodernidad, de la que somos herederos. Descreídos y desconfiados, hemos llegado a considerarnos a nosotros mismos como un error, como una anomalía que debería ser extirpada. La humanidad es un cáncer que crece sin parar, y la tierra se defenderá de nosotros para sobrevivir y mantener a salvo a sus criaturas.
Pero yo no lo veo así. Intuyo y siento que yo también formo parte de esta tierra. Nosotros somos sus criaturas, como los grillos y como los juncos, y tenemos un sitio, ocupamos nuestro lugar en la creación. Esta tierra bendita lo es porque nosotros somos su bendición, y aparecimos aquí con un propósito, aunque a veces nos neguemos el regalo de aceptarlo.
Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, según la Biblia. Y también escribía Jenófanes de Colofón (s. VI-V a.C): «Chatos, negros: así ven los etíopes a sus dioses. De ojos azules y rubios: así ven a sus dioses los tracios». Siempre ha existido esa certeza de nuestro vínculo con lo divino, como una identificación. «Como es arriba, es abajo», dicen los herméticos. Pero Dios, esa inteligencia universal, esa energía pura e ilimitada que es todo amor y creación, no tiene forma, ni rostro, ni cuerpo. ¿Qué es lo que nos hace entonces semejantes a esa Fuente? Sin duda, su naturaleza creadora. No existen límites para la imaginación. Somos un pellizco de divinidad, y estamos aquí como un instrumento de ese poder.
Muchas culturas han llegado a crear maneras de estar hostiles a la tierra, en las que toda forma de vida o cada sustancia mineral han sido vistas tan sólo como un vehículo para el enriquecimiento. Esas culturas depredadoras (el consumismo actual es una de ellas) siempre han encontrado sus límites en unos recursos limitados, incapaces de alimentar una voracidad desmedida. Pero es un callejón sin salida. Sin embargo siempre ha existido otra manera de mirar que nos convierte, no en dueños de la tierra, sino en parte de ella. Sólo cuando comprendemos que no estamos separados del Universo, sino que formamos parte de él, podemos encontrar en todas las criaturas a nuestros hermanos, ya que procedemos de la misma fuente.
Tal vez no encontremos nuestro lugar ni el sentido de estar aquí porque estar separados de la Fuente es lo que no tiene sentido. Hace poco cayó en mis manos un texto de San Serafín de Sarov, quien buscó la soledad de los bosques para encontrarse con Dios. Dice así:
Bebe agua donde la bebe tu caballo. Un caballo nunca tomaría agua mala. Tiende tu cama donde el gato duerme plácidamente. Come la fruta que ha sido tocada por una lombriz. Sin miedo recoge los hongos sobre los que se posan los insectos. Planta un árbol donde el topo escarba. Construye tu casa donde las víboras toman el sol. Cava un pozo donde los pájaros se esconden del calor. Ve a dormir y levántate al mismo tiempo que las aves, cosecharás los granos de oro de la vida. Come más verde, tendrás piernas más fuertes y un corazón resistente, como el alma de los bosques. Mira al cielo más seguido y habla menos, para que el silencio pueda entrar en tu corazón, y tu espíritu esté en calma y tu vida se llene de paz.
Buena Luna. San Serafín de Sarov (1754-1833)
Mi corazón y mi intuición me dicen que no somos nada sin la tierra, pero que la tierra tiene sentido a través de nosotros. Somos la conciencia del mundo, somos ese nexo consciente entre lo material y lo espiritual. Somos testigos de la grandeza y de la trascendencia, y estamos aquí para aprender que simplemente es donde debemos estar. ¿A qué esperas para darte cuenta de que en el reloj perfecto del Universo tú eres la rueda perfecta del engranaje? Vive y toma consciencia. Bebe donde bebe tu caballo, comparte tu comida con las criaturas, duerme junto a tu perro, contempla las maravillas que te rodean. Y abandónate confiado a la vida que se te ha regalado, porque la gran verdad es que no hay nada que temer.


Te hago una reverencia de respeto y admiración.
Gracias Mariola, aunque ya sabes que somos instrumentos de otra cosa. Así que recibo tu agradecimiento, lo abrazo para impreganrme de él y lo proyecto al lugar a donde debe ir. Un fuerte abrazo.
Me ha encantado la manera de expresar con pocas palabras tanto contenido y significado.
Gracias
Todo lo que ves fuera es lo que tú llevas por dentro. Gracias por asomarte a mirar.