
Hoy vamos a mostrar a una persona a la que admiro profundamente por cómo se enfrenta a sus miedos, siendo capaz de transformar un cambio vital profundo en una oportunidad de crecimiento personal. Se llama Pino Vidal Ibáñez (1968), una mujer independiente, valiente y emprendedora, aparejadora de profesión y marina de vocación. Cuando la vida le ha puesto delante un cambio de rumbo profesional, ella ha visto la ocasión para lanzarse a la aventura: se traslada a Grecia a poner en marcha un proyecto de ingeniería, pero no se traslada en avión, sino al timón de un velero.

Pino Vidal Ibáñez
Patrona del Stelrac
Aparejadora, emprendedora y aventurera
Pino es propietaria y capitana del velero Estelrac, un barco de 9 metros de eslora. Con él, y junto a una tripulación de otras dos personas, zarpará desde Ibiza para atravesar el Mediterráneo hasta llegar a Grecia. Se trata de una travesía difícil, muy exigente desde el punto de vista físico, psicológico y técnico. La forma en que se enfrenta a este desafío es lo que la convierte en un ejemplo muy inspirador, y por eso vamos a acompañarla en su viaje. Hemos estado hablando con ella, y esto es lo que nos ha contado:
– ¿Desde cuándo te gusta el mar?
Desde que era una niña he tenido una relación muy especial con los barcos. A los 11 años, cuando vivía en Tenerife, tenía una amiga cuyo papá tenía un barco de 7 metros. Un par de fines de semana me llevó a navegar y me encantó. El barco era pequeño, y para nosotras era como jugar a las casitas. Allí en Tenerife vivía en Los Cristianos, adonde llegaban veleros de toda Europa para cargar agua y víveres; era el último punto antes de lanzarse a la travesía del Atlántico, y aquello me planteaba preguntas: “¿Cómo lo hacen para llegar adonde quieren sin equivocarse?” Luego, más tarde, con 26 o 27 años estuve viviendo en Alemania. El padre de mi pareja de entonces tenía un barco en el Báltico, un Swan, “el Rolls-Royce de los veleros”, en el que hicimos un viaje de diez días por las islas de la costa de Dinamarca. Yo por entonces no tenía ni idea de navegación, pero asumí las funciones de “cocinera de a bordo”. Fue una gran experiencia. También he navegado por Grecia, Nueva Zelanda, Cuba…
– ¿Qué te llevo a ser capitana de un velero?
Yo no me siento capitana de un velero (-ríe-). Tengo un título, pero aún no lo siento, me faltan millas, las que este viaje me va a dar. Pero siempre me ha gustado navegar, tanto que desde un primer momento soñé con hacerlo por mí misma, sin depender de los demás y sin que nadie me llevase. Las sensaciones son muy diferentes; cuando navegas de pasajero es como si te llevaran en un taxi, vas despreocupada. Sin embargo, cuando navegas al timón tienes que tener en cuenta un montón de factores a la vez.
– ¿Con qué edad decidiste empezar a navegar?
¡Muy mayor! Después de mis primeras experiencias en veleros perdí el contacto con ese mundo hasta que finalmente llegué a Ibiza con 37 años. Como aquí hay mucha tradición tenía amigos que me invitaban a navegar con ellos, y así decidí lanzarme. Navegar por Grecia me dio el empujón definitivo: obtuve el título de patrón con 46 años y me apunté a un club para aprender. Teníamos un velero a nuestra disposición unos días al mes. Estuve un par de años en el club, compartiendo turnos entre varios amigos para hacer salidas más largas: rodeando Ibiza, Formentera… Pero cuando estábamos en lo mejor, teníamos que volver, así que me quedaba con la miel en los labios. Y de repente me surgió la oportunidad de comprar el mío. Es un barco muy rápido, de regata, más difícil que aquel en el que aprendí. Navegar por Nueva Zelanda o Cuba es una gran experiencia. En estos lugares siempre aprendes, y ganas confianza para lo que te echen.
– ¿Por qué prefieres navegar a vela?
La navegación a vela tiene inconvenientes, pero sobre todo tiene ventajas frente a la navegación a motor. Es más lento, pero “lo otro” es costear, porque no puedes dar la vuelta al mundo con una motora, salvo si es un yate inmenso de varios millones de euros. Un velero es mucho más asequible, y puedes tener uno sin ser rico. Además, el viento hace la verdadera navegación. También hay que tener en cuenta que la forma del barco es determinante: el Estelrac es un velero clase A, oceánico; las olas te pasan por encima, y no pasa nada. Incluso con veleros más pequeños, de 6,5 metros de eslora, vas de la Rochelle a Martinica. El mío es de 9 metros.
– Háblanos del proyecto del viaje a Grecia. ¿Cómo nació la idea?
En 2014 estuve navegando como cliente por el Egeo, y me enamoró. Cuando de repente me surge una oportunidad laboral muy interesante en Grecia, decidí que era mi momento, “ahora o nunca”. Barajé muchas opciones, incluida la de vender el barco y comprar otro allí. Pero no quiero venderlo. Poco a poco y con mucho esfuerzo ha terminado por estar muy bien equipado. Además, para mí es una oportunidad de crecimiento: es duro, muy espartano, no te puedes duchar (sólo asear), tienes poco espacio, la cama de proa salta como un canguro… Pero tengo un barco; no es muy grande pero es mío… ¡pues con él voy! (-ríe-).
– ¿Y en qué consiste la aventura?
Zarpamos desde Ibiza el día 1 de mayo si el mar lo permite. Navegaremos intentando hacer el menor número de escalas posible, por lo que habrá que navegar rápido, día y noche. De ahí que tengamos que ir tres personas, para que al menos uno de nosotros esté siempre pendiente del timón (dos si el mar está malo). Bordearemos Cerdeña por el sur, atravesaremos el estrecho de Mesina y navegaremos hasta Cefalonia, la primera de las islas griegas. Desde ahí rodearemos la península del Peloponeso, porque el canal de Corinto está cerrado por desprendimientos, para llegar finalmente al Mar Egeo. Allí el otro capitán tomará un vuelo de vuelta a España. Las islas griegas sí permiten fondear abrigados para poder dormir. Además navegar de noche está prohibido en esas aguas por el peligro que representan los escollos. Así que lo llevaré yo desde allí hasta Tesalónica, navegando sólo de día y acompañada por la otra persona. Esa será la parte tranquila del viaje, porque pasaremos de 15 días de navegación ininterrumpida a hacerlo de manera más pausada: tendremos que conseguir agua, pero podremos dormir tranquilos, buscando refugio. En total serán unas 1.500-1.600 millas. No lo sé. Puede que hasta 2.000 [*equivale a 3.700 kms.], por el cierre del canal de Corinto.
– ¿Qué preparativos tienes que hacer?
¡No sé donde meter más comida! (-ríe-). Tengo víveres en todos los huecos imaginables. El otro día perdí las patatas, y las encontré en un compartimento de nosequé de la carga de las baterías… Hay que elegir qué llevas y qué no, porque el espacio es muy limitado. Llevo legumbres, pasta, arroz, muchas cebollas y ajos… Una vez al día hay que comer caliente, y no se puede freír, pero sí usar una olla exprés en la cocina, que es basculante. Tengo hasta thermomix, pero no se puede utilizar en alta mar, sólo cuando estás amarrada. Llevo nevera sin congelador, así que hay que optar por alimentos no perecederos: conservas, embutido catalán (me traeré de Vich)… E intentaremos pescar por el camino para autoabastecernos. Otro capítulo es el agua: necesitamos 2 litros por persona y día para poder beber.
En cuanto a equipaje, cada uno llevará su mochila y su traje de agua. Llevamos unos petos como de esquiar para protegernos del frío, porque la noche en el mar es heladora, y en todo momento tiene que haber alguien junto al timón, a pesar de llevar piloto automático. No puede faltar nadie de guardia durante las 24 horas del día, por lo que no podemos dormir todos al mismo tiempo. Alguna vez tendremos que estar dos despiertos y que un tercero duerma. También tenemos que ir siempre atados con una línea de vida; caer por la borda por la noche significa perderse en el mar.
Hay que hacer muchos números. Me gustaría poner el equipo de viento, y no ha podido ser, pero no pasa nada (Colón no lo llevaba, jajaja). Llevo una veleta, y con eso puedes calcular la vela que necesitas.
– ¿Qué esperas conseguir con esta aventura?
Para empezar, tener mi barco conmigo. Voy a trabajar y a vivir allí, y es un sitio ideal para navegar. Puedes estar años navegado por las costas de Grecia y de Turquía y no llegas a conocerlo todo. Me llama mucho esa identidad mediterránea que aquí en España se ha perdido en buena medida. Me ilusiona el contacto con la cultura, la arqueología, el idioma…
El reto que me queda es navegar absolutamente en solitario, pero no puedo hacerlo en larga distancia, así que el Egeo me permitirá arriesgarme en travesías cortas, en las que pueda amarrar y dormir, fondear en bahías cerradas (allí hay mil), protegidas de todos los vientos. Eso lo voy a encontrar allí.
Es un reto. Quien hace algo así sale transformado. ¡El subidón de quien se ha superado a sí mismo! Es increíble cuando pasas cerca de ruinas, o pueblos pintorescos… Tengo que ponerme con el griego a saco, buscar vivienda, comenzar el proyecto… No es sólo el viaje en sí: el viaje es la primera etapa de una nueva vida.
– ¿Cuáles son tus principales miedos? Hombre, la meteorología siempre la controlamos, se convierte en algo obsesivo. Y aunque es muy exacta a veces se equivoca. Eso lo viví este verano: estábamos los barcos fondeados en la bahía de Ibiza, y parecíamos juguetes. En el barco estás mirando el parte cada dos horas.
Temo mucho el temporal, ese de olas grandes y viento muy fuerte. Le tengo terror a las olas grandes, pero a las grandes de verdad (3 o 4 metros no es nada para mi barco). En el Atlántico son largas: subes y bajas, y ya está. Pero en el Mediterráneo las olas vienen de muchas direcciones, y son cortas.
Pero lo que más miedo me da es perder el control. Una vez me pasó y tuve que echar el ancla para que vinieran a buscarme.
También está el riesgo de comerte una “seca”, una piedra no marcada, y romper el casco. Por eso en Grecia no se navega de noche.
– ¿Y no te han dicho nunca que eras demasiado mayor para aprender? No, no te lo dicen, pero notas miradas, de “¡adónde va ésta!”. Son sus conversaciones, no las mías. Hace poco me encontré con quien me enseñó, que sabe lo que vamos a hacer. Él me ha dicho: “¡Estás loca, estás loca!”. Esto es un salto al vacío, pero aunque te lleves un susto luego se sale de todo. ¿Sabes lo que pasa? Que con mi edad tenía dos opciones: quedarme viendo la tele o lanzarme a la aventura. Elijo la aventura, aunque me duela la espalda.
Admiro a Pino. Es una mujer que se ha enfrentado a retos inabarcables para otras personas gracias a su confianza, a su arrojo y a su decisión, y sin ser consciente muchas veces de ese valor y esa serenidad que irradia. Su aventura es tan inspiradora que merece ser conocida por todos, así que la acompañaremos en su “Expedición a Skopelos”, como la ha bautizado, para llenar nuestros pulmones de aire de mar y nuestro corazón de ese espíritu de aventura tan necesario para estar en conexión con nosotros mismos. Todos albergamos miedos en nuestro interior. La diferencia está en cómo nos enfrentamos a ellos, y Pino elige mirarlos a los ojos.


Admirable!
Una lección de vida, sin duda.
Mujer Valiente, libre, inspiradora. Ahora o nunca !!
Es una luchadora nata, lo que se propone lo consigue.
La admiro y la quiero, voy ha disfrutar de ella unos dias.
Viva la vida.
Lo es! Mujer grandísima! Pura inspiración.