
Los seres humanos somos maravillosamente complejos. Mientras más buceo en la naturaleza humana más me sorprendo y más me maravillo ante lo que somos. Somos lo que hacemos, y nuestra capacidad de hacer no tiene límites. Mi imagen de Dios no es la de un anciano barbudo, sino la de un campo infinito de energía creadora, y esa energía creadora es amor, la fuerza más poderosa del Universo. Hechos a su imagen y semejanza, hemos recibido el regalo de poder crear conscientemente y de una forma también ilimitada. Y tengo para mí que para eso estamos aquí, para participar de la creación como instrumentos de esa sabiduría infinita.
La capacidad de destruir es la antítesis del poder. Es una capacidad que ha nacido limitada, porque sólo se puede destruir aquello que ha sido creado. Sin embargo, el poder de crear no tiene límites, y es donde radica su grandeza.
Cuando creamos una relación con otra persona estamos construyendo el mundo. Si lo hacemos desde la consciencia, la responsabilidad, el compromiso y la generosidad tenemos en nuestras manos el poder de transformar la realidad a través de ese encuentro, que es siempre de ida y vuelta. Parte de nosotros y vuelve a nosotros, parte del otro y vuelve a su origen.
Pero, ¿por qué unas veces la conexión es tan fácil, tan fluida, y otras no lo es tanto? Vamos a suponer que la predisposición es idéntica en nuestro encuentro con dos personas diferentes. En principio todo debería funcionar en términos similares, pero en la práctica esto no es así. A veces sucede que una persona se nos acerca con la intención de tender puentes con nosotros, pero nos resistimos sin saber por qué, o sucede al contrario, y no entendemos los motivos de la barrera que encontramos. Con el tiempo, el roce tiende a facilitar el contacto y frecuentemente confesamos que «al principio me caías mal, pero me he dado cuenta de cómo eres realmente». Pero, ¿qué hace que con algunas personas sea tan fácil?
Meditando al respecto, en una conversación con mi amiga Susana, me vino al corazón un símil musical: hay personas que tienen sincronizada la ecualización de su alma. Cuando alguien quiere disfrutar de su música preferida de una manera especial utiliza un ecualizador. Potencia los graves o los atenúa a su gusto, equilibra los agudos, etc. Yo creo que nuestra manera de ser nos hace ver el mundo de una manera, y saborearlo a nuestro gusto, igual que la música. La buena música siempre suena bien, pero suena aún mejor cuando hemos ajustado el ecualizador. Entonces suena de forma sublime.
Cuando conectamos de manera inmediata con una persona a la que acabamos de conocer me gusta pensar que la ecualización de nuestra alma es similar, lo que significa que compartimos nuestros gustos por la vida. Los controles de la mesa que regulan valores, aficiones, emociones, gustos, inquietudes… están ajustados de manera similar, y eso hace que vibremos en sintonía. Convivir, compartir tiempo, abrir nuestros corazones al otro, nos ayudan a retocar los valores de la ecualización de nuestras almas, y acabamos encontrando el equilibrio perfecto para ambos.
Este pensamiento me lleva a apreciar aún más el regalo que son algunas personas en mi vida. No importa el tiempo que hace que no hablas con alguien, si su ecualización se mantiene ajustada a la tuya. Siempre podemos elegir el tipo de relación que queremos establecer con otra persona, qué experiencias queremos crear con ella. Pero a veces sale solo, como por arte de magia; hay conexión. Por eso, cuando estés junto esa persona con la que todo es tan fácil, con ese amigo con el que todo lo dices sin necesidad de hablar, cuando estés con quien el silencio es cómodo… puedes estar seguro de que vuestras almas comparten la misma ecualización.





