
El siglo XX fue una etapa convulsa. Probablemente ni más ni menos que otras a lo largo de la Historia, pero mucho más agitada que lo que llevamos de siglo XXI. La cuestión es que si comenzamos el repaso de las grandes catástrofes del pasado siglo la lista es tremenda:
- Primera Guerra Mundial (1914-1918): más de 9 millones de muertos.
- «Gripe española» (1918): unos 50 millones de fallecidos.
- Segunda Guerra Mundial (1939-1945): probablemente más de 60 millones de muertos.
Y todo ello sin contar la revolución soviética, los innumerables enfrentamientos de la Guerra Fría (Corea, Vietnam…), revoluciones, hambrunas, etc.
La cuestión es que las grandes catástrofes, y sobre todo las más próximas a nosotros, desaparecieron del panorama de la actualidad, y poco a poco empezamos a creernos invulnerables. Generaciones enteras del mundo desarrollado veían las guerras, los huracanes, las hambrunas y las epidemias como un espectáculo televisivo, del que podías desentenderte con sólo cambiar de canal para evitar sentirte incómodo y culpable.
De repente, en 2019, y como si fuese otra de esas exóticas desdichas, comenzamos a oír hablar de un virus en China. Las imágenes de un hospital elevado a la velocidad a la que crece un champiñón, aislamiento de millones de personas, ejércitos de fumigadores… Humo, propaganda, manipulación, otra maniobra más de la dictadura china. Pero el virus acabó extendiéndose, y una humanidad consumista, regalada y acomodada se vio golpeada por un enemigo que parecía venido del pasado. El COVID19 estaba entre nosotros y fuera de control.
Afortunadamente no he sufrido bajas en mi círculo más próximo, aunque son muchos los que no pueden decir lo mismo. Pero, como todos, he experimentado de primera mano la realidad de una pandemia. Y ella me ha traído un precioso regalo: las lecciones que me enseñó el coronavirus.
El control es como la leyenda de El Dorado: muchos lo han buscado pero nadie lo va a encontrar nunca.
El Naturalista Descalzo
En primer lugar está el asunto del control. Pasamos buena parte de nuestra vida y empleamos buena parte de nuestra energía en conseguir un control lo más amplio posible en nuestras vidas, y a veces también en las de los demás. Nuestro cerebro de reptil nos dice que si no hay sorpresas, no hay peligros. Queremos controlar el tiempo atmosférico, el clima, la duración de los desplazamientos, las relaciones, el comportamiento de nuestro organismo… Y cuando algo trastoca nuestra bien organizada vida aparecen el miedo, la frustración, el nerviosismo, y otro puñado de sentimientos negativos. Pues el COVID ha venido a decirnos que no hay nada que controlar, y eso es una liberación, porque ya no hay que nadar contra corriente, sino a favor de ella, y eso nos permite elegir a qué orilla queremos aproximarnos.
La Ciencia y la Tecnología no nos proporcionan poder sobre la naturaleza.
El Naturalista Descalzo
Ni algo tan grande como un huracán, ni tan pequeño como un virus, pueden ser sometidos por una sociedad que ha alcanzado las más altas cumbres tecnológicas de la Historia de la humanidad. Cuando pensábamos que eso de las epidemias era cosa del pasado alguien nos despierta del sueño tirándonos a una piscina. Y es el momento de ser humildes, y de comprender que no somos pequeños dioses, sino seres tan vulnerables como cualquier otro. Debemos desterrar esa intención de crear y destruir a nuestro antojo, para reconocer que tenemos un papel en la gran función del planeta, y que ese papel no es el de director.
Soy el señor de mis destino; soy el capitán de mi alma.
William Ernest Henley
Siempre puedo elegir qué hago con las circunstancias que me han tocado vivir. No puedo impedir el contagio, ni eliminar al virus, pero sí puedo aprender a convivir con él. Y, sobre todo, puedo crear algo valioso en unas circunstancias que no son las que yo hubiera elegido. Cuando nos confinaron elegí vivir la experiencia como una aventura dentro de casa, y se me ocurrió convertir mi hogar en algo parecido a la Estación Espacial Internacional. Si alguien sabe de confinamientos es un astronauta, por motivos evidentes. Así que me inspiré en ellos, y diseñé una rutina de trabajo, ocio, ejercicio y demás actividades, que se reveló con el tiempo como un gran aliado. El resultado es que mi experiencia durante el confinamiento ha resultado ser uno de los periodos más gratificantes en mi aventura como padre y esposo, a pesar de las incertidumbres, de los riesgos y de la enfermedad.
Nuestro verdadero poder reside en nuestra capacidad de elegir qué significado le damos a las cosas que suceden. Ese poder es el que nos permite relacionarnos de una manera positiva con la vida y con sus avatares, por duros y difíciles que parezcan. Así, cuando yo elijo el significado de las circunstancias me puedo adueñar de ellas, y convertirlas en mis aliadas para construir algo valioso con ellas.
El valor de mi vida está en el valor que creo en la vida de los demás, en cómo impacto en quienes me rodean para hacer de su vida algo mucho mejor. Por ello, amigos, os recomiendo que escuchéis las lecciones que recibimos cada día, para que realmente seáis capaces de vivir el momento con plenitud, teniendo en cuenta que lo realmente valioso son las personas y lo que creamos con ellas. Esto es el regalo valioso que me ha dejado el coronavirus. ¿Y a ti?


