
Todos hemos oído hablar de meditar y de la meditación. Una imagen recurrente que puede venir a la cabeza es la de un monje budista vestido de naranja y con la cabeza rasurada junto a un lago, sobre una montaña o dentro de un templo. Ello se debe a que con frecuencia se asocia a culturas exóticas o a prácticas esotéricas, que no sabemos muy bien para qué sirven ni cómo se realizan. Meditar tiene que ser algo estupendo si Jesús, Buda o Mahoma lo han practicado. Pero, ¿qué es meditar y en qué consiste?
No es fácil explicar qué es la meditación, y buena prueba de ello es que es casi imposible encontrar información útil al respecto, sobre todo en la red. Yo voy a compartir en estas líneas parte de mi propia experiencia y lo que ella me ha proporcionado. En primer lugar hay que considerar que la meditación es una práctica, no una teoría. Es imposible comprenderla si no se practica. Podemos recibir orientaciones, sugerencias o guías, pero sólo nosotros mismos podemos ser nuestros propios maestros en el arte de meditar. No todos tenemos las mismas experiencias en relación a esta práctica, y lo que funciona en una persona no necesariamente funciona en otra… o ni siquiera para una misma persona en momentos difrentes. Por ello tenemos que tener claro en qué consiste, para adecuar la práctica a lo que requerimos en cada momento de nuestra vida.
Para mí, meditar consiste en tomar consciencia de nosotros mismos en el presente. Ser consciente significa tener certeza de que somos, de que estamos, de que existimos. A menudo vamos conduciendo y llegamos a recorrer grandes distancias sin darnos cuenta. Hacemos café, nos vestimos, comemos… sin ser conscientes de que lo estamos haciendo, y casi por arte de magia aparece el café hecho, nuestro cuerpo vestido o el plato vacío. Esto sucede porque nuestros pensamientos se adueñan de nuestra existencia (se ha estudiado que cada día llegan a nuestra mente unos 60.000 pensamientos, la mayor parte de ellos recurrentes), de manera que actuamos automáticamente mientras nuestra mente vaga entre lo que sucedió y lo que creemos que va a suceder. En medio de todo ello dejamos que se pierda la única realidad que tenemos: el presente. Somos consciencia presente, el pasado ya no existe ni el futuro se ha dado. Por eso, meditar es traernos a este momento, a ser conscientes de que somos y existimos en el aquí y en el ahora, por lo que hay que arrebatarle el control a los pensamientos que nos distraen de esa realidad.
Ello no significa que haya que dejar «la mente en blanco». Mi experiencia me dice que eso es imposible, es una quimera. Si yo intento no pensar en nada, ya estoy pensando en algo. «No pienses, no pienses, no pienses…» es una rueda de hámster. Produce angustia y no nos trae al presente. Arrebatarle el control a los pensamientos es dejar que fluyan, pero observándolos como quien ve una película o como ve a unos niños jugando. Ser consciente de que esos pensamientos se producen es dominarlos, y son precisamente esos pensamientos que van y vienen los que hacen de la meditación una práctica tan interesante, porque en ellos encontramos respuestas… o preguntas. Si somos capaces de observar nuestros pensamientos… ¿quién es el observador? Ese eres tú, tu verdadero ser. Llámalo alma, esencia… llámalo espíritu. Eres tú, así que elige el nombre que quieras darte.
Es el momento de preguntarnos para qué sirve. Está estudiado que la meditación tiene efectos inmediatos sobre nuestro organismo, bajando la frecuencia cardiaca y la presión arterial. Sin irnos muy lejos, es la técnica que utilizan los buceadores extremos que hacen inmersiones a pulmón libre en apnea, y que son capaces de aguantar la respiración durante varios minutos (el record del mundo lo obstenta el alemán Tom Sietas, con 14 minutos y 25 segundos). En el día a día la meditación aporta numerosos beneficios para nuestro organismo, entre los que se encuentran los siguientes:
- Reduce la ansiedad, el estrés y la irritabilidad.
- Alivia el insomnio, sobre todo si se practica al acostarse.
- Reduce el tiempo de recuperación en lesiones y operaciones.
- Mejora dolencias cardiacas y respiratorias.
Desde un punto de vista más sutil, la meditación es la vía para la iluminación, entendida como el hallazgo de respuestas (o de preguntas adecuadas). Puesto que permite escapar de la prisión de los pensamientos en bucle, libera a nuestro subconsciente y deja aflorar la intuición, una función mucho más sutil y efectiva de nuestra mente a la hora de resolver problemas o tomar decisiones difíciles. En otras palabras, con la meditación se abre una puerta a nuestro propio interior.
Ahora viene la pregunta que muchos os estaréis haciendo: ¿cómo se hace? La respuesta no es simple, ya que existen diversas técnicas de meditación, procedentes de distintas culturas o de distintas experiencias. En principio todas pueden ser igual de efectivas, dependiendo de la persona y del momento en el que se encuentre. Una técnica es efectiva siempre que permita alcanzar ese punto de consciencia presente del que hemos hablado más arriba. Veamos algunas a a continuación:
- Meditación guiada: es la forma más sencilla para iniciarse, porque permite un primer contacto con la experiencia de la meditación. Consiste en ir siguiendo una serie de indicaciones dadas, para lograr que la mente recree una situación que nos proporcione respuestas. Desde mi punto de vista no es una meditación propiamente dicha, sino más bien un ejercicio de visualización. Nosotros mismos, a través de la práctica, podemos ir dando instrucciones a nuestros pensamientos para dirigirlos en un sentido o en otro. Michael Harner lo propone como ejercicio dentro de la práctica del chamanismo.
- Meditación a través de la repetición: los mantras son palabras, frases o sonidos que se repiten de manera física o mental. Dentro de este grupo podemos incluir la oración mediante el uso de cuentas (rezo del rosario en el cristianismo, uso del japa en el hinduismo, etc.). La repetición lleva a fijar nuestra atención en el sonido o la palabra, de manera que la mente queda atrapada y no aparecen pensamientos involuntarios. Pasado cierto tiempo aparece la calma mental que busca la meditación. Esta técnica es muy recomendada por Wayne Dyer.
- Meditación a través de la respiración: en este caso fijamos nuestra atención en nuestra respiración consciente. Es lo que en yoga se conoce como pranayama. Al centrar nuestra atención plena en la respiración, aquietamos los pensamientos.
Yo procuro meditar a diario, y para hacerlo, empleo distintos métodos, según el día y mi estado de ánimo, aunque siempre sigo una serie de pasos sencillos, que os propongo a continuación:
- Busca un lugar tranquilo, como el dormitorio o un sótano. Lo importante es que no haya distracciones, conversaciones, televisión, ni nada que interrumpa el proceso. Pon tu móvil en silencio.
- Adopta una postura cómoda. Puedes tumbarte o simplemente sentarte en una silla, un sofá, el suelo… Si una postura de introspección (piernas cruzadas, por ejemplo) te resulta cómoda durante bastante tiempo es muy útil, porque evita que te duermas durante la meditación. Si te tumbas es muy fácil que acabes por dormirte (por eso sirve frente al insomnio).
- Relaja tu mente. Haz varias inspiraciones profundas y completas (ya hablaremos de la respiración en otra entrada), y concéntrate en el paso del aire por tus vías respiratorias. La respiración calmará tu mente y te hará tomar consciencia de ti mismo.
- Relaja tu cuerpo. Siente cada parte de él de manera independiente, integrando los brazos, las piernas, la cabeza… en un todo a través de los latidos de tu corazón. Notarás que todos tus músculos se aflojan cuando sientas las pulsaciones en cada centímetro de tu cuerpo. Piensa que hasta la punta de tu nariz llega la sangre, por lo que ahí también puedes sentirlos. También hablaremos de técnicas de relajación en otra entrada.
- Una vez calmada la mente y relajado el cuerpo, limítate a observar tu respiración de manera indefinida. Sólo eso importa. Libérate de las expectativas. Puede que no sientas nada, o que no veas nada especial. Pero pasados unos minutos probablemente acudan pensamientos en forma de imágenes, como en un sueño. No las apartes, déjalas fluir, a ver a dónde te llevan.
- Continúa el ejercicio todo el tiempo que quieras. Minutos, horas… La duración no es relevante, sino el estado de quietud física y mental. Esa es la meditación en sí. Bastan unos minutos al día para disfrutar de los beneficios.
Incorporar la meditación y las técnicas que la acompañan a tu rutina diaria es una sabia decisión. Hace años me diagnosticaron alergia. Sus manifestaciones en mi cuerpo incluían el asma, que me obligaba a llevar un broncodilatador cuando iba a hacer ejercicio. Las técnicas de respiración y de relajación me hicieron susperarlo por completo, y hace más de quince años que no he vuelto a utilizarlo. Cierto día oí en la radio a un médico que hablaba sobre un técnica «novedosa». La llamaba «rehabilitación respiratoria». Un nombre complejo para algo tan natural y sencillo como es meditar.


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