
Esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad. El ciclo de la vida se repite año tras año, imparable a pesar de epidemias, desastres y miedos. Y es que, en el fondo, nuestras vidas son algo minúsculo en la maquinaria del Universo, aunque al mismo tiempo sean gotas de magia preciosa e irrepetible. Los ciclos escapan a nuestro control, y somos nosotros quienes debemos adaptarnos a ellos. Imagino al ser humano que, en la noche de los tiempos, descubrió que había un ritmo en los astros, que se podían medir las estaciones, y que el cielo se transformaba día a día hasta volver a recuperar su composición original pasado un tiempo. Conecto con su corazón, y me emociono imaginando la emoción que sintió, porque su sangre corre también por mis venas. Siento esa conexión.
Hasta que la tecnología invadió nuestras vidas, la conexión del ser humano con la naturaleza era el reloj de lo cotidiano. La observación de las nubes, del viento, del cielo, de las pequeñas señales en las plantas, en los animales y en nuestros propios cuerpos… daban la información necesaria para estar en el mundo, y para saber qué esperar. Pero un día nuestros sentidos fueron sustituidos por el reloj, por el móvil, por el ritual televisivo, por el tiempo milimétricamente cronometrado. Y ese día cortamos el cordón umbilical con la naturaleza, que todo lo dice y todo lo anuncia. Creo que ese día abandonamos una parte importante de nuestra humanidad.
Todavía quedan rastros de aquel saber ancestral en el refranero, en el santoral antiguo y en determinadas prácticas tradicionales. La muda del cabello en verano, por ejemplo, viene acompañada de «en la época de la berenjena, a la mujer se le cae la melena». La subida de las temperaturas que anuncia el final del invierno se expresa con afirmaciones como «en febrero busca la sombra el perro, y en marzo, el amo». Expresiones como: «a cada cerdo le llega su san Martín» evoca como, año tras año, el invierno siempre llega, y es cuando va a empezar a hacer frío (san Martín es el 11 de noviembre) cuando tradicionalmente se sacrificaba al cerdo para poder conservar su carne para buena parte del año. Los que criamos canarios a la manera tradicional sabemos que el momento de empezar la cría es para san José (19 de marzo), que es cuando la primavera arranca con fuerza. La propia siembra se rige aún, no sólo por las fechas, sino incluso por los ciclos lunares, como sucede, por ejemplo, con las habas o el perejil.
Me gusta vivir conectado con los ciclos naturales, y la Navidad es una época ideal para redescubrir ese abrazo con la vida y sus ritmos. El pasado día 21 de diciembre fue el solsticio de invierno. Ese día, la inclinación del eje de la Tierra era el máximo con respecto al Sol, y los rayos dieron perpendicularmente sobre el trópico de Capricornio, en el hemisferio sur, y eso marcó el día más corto y la noche más larga del año en el hemisferio norte. Era el corazón del invierno. A partir de ahora comienza el renacimiento, y por eso celebramos la Navidad, el nacimiento de Jesús. Llegará el día de San Juan, con el solsticio de verano, y todo se invertirá, y todo se irá apagando hasta volver al renacimiento de la próxima Navidad. Ningún virus podrá acabar nunca con esa rueda divina del tiempo.
Los animales y las plantas no entienden de calendarios. Los almendros no miran el almanaque para comenzar a florecer de aquí a cuatro semanas. Pero, aun así, lo harán, sin ninguna duda. Nosotros tampoco, aunque a veces lo olvidemos. Ya escribiré acerca de esto cuando huela la primavera, porque me sucede todos los años: un día salgo a la calle por la mañana y hace fresco, pero algo diferente huele en el ambiente, y sé que está aquí el despertar. Nuestra mente, nuestra herramienta mas poderosa, a veces juega contra nosotros. Ese mentalismo nos desconecta de lo que somos, pero es fundamental reconectar con nuestro ser original.
La importancia de las fechas festivas, para mí, reside en que nos recuerdan que hay un patrón al que estamos sujetos, que no podemos controlar, y que nos hace enraizar de nuevo en la tierra de nuestros orígenes. Esas fechas son las tradicionales. Nadie se emociona profundamente con el día internacional de sabe Dios qué cosa, y hay que hacer un esfuerzo sobrehumano para recordar cuál es la fecha oficial para reivindicar algo. Pero todos vibramos con la Navidad: incluso a quien no le gusta ya le despierta un sentimiento, aunque sea de enfado. Por eso disfruto especialmente cuando tomo consciencia de que la Navidad sólo puede coincidir con el solsticio de invierno, y que la Semana Santa responde a los ciclos lunares en combinación con el equinoccio de primavera. Y es que son fechas ante las que sólo cabe la entrega, rendirse a la danza enterna del Universo, y aceptar que es la Inteligencia Universal la que manda. Esas fechas son una palmadita condescendiente en la espalda, que nos recuerda que sólo estamos de paso.
Y como sólo estamos de paso, lo mejor que podemos hacer con el tiempo que se nos ha regalado es crear artesanía con el tiempo, construyendo momentos que valgan la pena. La estrella de Belén, ese regalo del 2020 en el que Júpiter y Saturno se han paseado de la mano por el cielo después de 800 años, debe recordarnos que cada día es momento de encuentro, que esa llamada que hacemos en Navidad se debe hacer en el momento en que el corazón te la pida, que no hay que esperar para abrazar a tus padres, a tus hermanos, a tus amigos…, porque tal vez en el próximo solsticio no estemos aquí.
Por eso, con la emoción que debió de sentir aquel ser antiguo que, observando el cielo, descubrió que hay ciclos ocultos en el Universo, este constructor de momentos descalzo te invita a que tú también te sumes al renacimiento que ahora empieza, y que estos días pongas las bases de tu manera de relacionarte con los demás y contigo mismo durante todo el año, y que dejes que los ciclos de la naturaleza te acompañen y acaricien tu alma para recordarte, día tras día, que tú eres quien le da sentido a la vida. Feliz Navidad.


Deja una respuesta