
He recibido innumerables regalos en esta vida. Muchos de ellos, los más valiosos, tienen nombre, rostro y corazón. Entre los más especiales está mi hijo, un ser lleno de luz y tocado con el dedo de Dios, como son los niños. Su nobleza y su inocencia me llevan a mirar hacia mí mismo, hacia mi interior de adulto en el que todavía vive el niño que fue, y que todavía es y será.
Hace unos días me asaltó con una de esas reflexiones que brotan en su corazón, y le pedí permiso para contarla. Más o menos discurrió en estos términos:
— ¿Sabes qué he estado pensando, papá?
— ¿El qué?
— Pues que todos procedemos de dos células, un óvulo y un espermatozoide. El óvulo es sólo uno, pero los espermatozoides son muchos. ¿Cómo puede ser que llegue justamente el espermatozoide que tiene que ser y ningún otro? Porque el que llega es el que tiene que ser para que nazca esa persona, y no otra.
— ¿Y tú qué piensas, hijo?
— Pues yo creo que hay una inteligencia mayor que es la que organiza todas las cosas, y la que ordena el mundo para que todo sea lo que tiene que ser.
Me quedé sorprendido ante una reflexión tan llena de intuición y tan profunda. Cuando un niño de once años hace un planteamiento de este calado sólo cabe pensar que efectivamente hay una inteligencia universal, que no sólo elige al espermatozoide adecuado, sino que inspira ideas que sólo el corazón puede formular, porque no pueden venir de la mente. La fuente de la que manan esas imágenes es la intuición, pero la lluvia de la que proceden es una inteligencia universal. No creo que pueda existir una explicación mejor que ésta.
Cada día intuyo con más claridad que nuestro pensamiento, nuestra mente, es una herramienta al servicio de lo que somos, al igual que el cuerpo es el vehículo que nos transporta. Pero nuestra esencia, nuestro verdadero ser, está conectada a esa inteligencia universal, porque es parte de ella. Por eso, las revelaciones más poderosas nacen de la intuición, que es el canal a través del cual nos conectamos con lo trascendente.
Permitirse conectar con el todo es un regalo sublime. Conforme crecemos, vamos permitiendo a nuestro ego crecer sin mesura, llegando a asumir que nuestra mente es nuestra esencia. Pero no es así. Por eso, escuchar a los niños es tan valioso: su ego aún no ha ocupado todos los recovecos, y la intuición es su canal. No sienten vergüenza de bailar, ni tienen conversaciones limitantes acerca de si pueden o no, simplemente son pura intención. Y por eso, escucharlos es escuchar a la inteligencia universal.
La mente, como toda herramienta, es limitada, no puede explicarlo todo. Pero la intuición es conexión con esa energía suprema. Puedes llamarla Universo, Dios o Inteligencia Universal, pero está ahí, sin límites. Los niños lo saben, los que aún lo son y los que viven dentro de todos y cada uno de nosotros.
Cuentan que San Agustín caminaba por la playa intentando comprender el misterio del Reino de los Cielos, cuando reparó en un chiquillo que jugaba en la arena. Había excavado un hoyo, y con una concha iba recogiendo agua del mar para verterla dentro. El santo le preguntó que qué hacía, y él le contestó que iba a meter el mar dentro del agujero. Con una sonrisa condescendiente sentenció que aquello era imposible. El niño replicó al momento: “más difícil es que tú comprendas el misterio del Reino de los Cielos”.
Intentar conectarse desde la mente es utilizar una herramienta inadecuada e inútil, porque carece de la potencia necesaria. Sin embargo la intuición sí que nos permite asomarnos a lo sublime, porque no responde a nuestro control o a nuestra voluntad, sino que es simplemente un canal de comunicación a través del cual nos llega información en estado puro.
Creo que es verdaderamente importante trabajar la intuición y desarrollar esa capacidad innata de la que nos hemos ido olvidando en el transcruso de nuestras vidas. La oración en las principales religiones, el yoga y la meditación, el éxtasis chamánico… las experiencias místicas de los santos de tantas confesiones responden a esa conexión inmediata con la Fuente de todo. Y está al alcance de todos y cada uno de nosotros.
Dios habla con los niños y a través de ellos, así que despierta a tu niño para que conecte con la Inteligencia Universal. Usa la intuición, apaga la mente, medita… ¡Y abre tu corazón a lo extraordinario para recibir mensajes también extraordinarios!


Me quedo con que Santa Mónica fue la madre de San Agustín!!!!
Y que nuestra niña interior está más viva que nunca, protejámosla y recordémosle que ya nunca estará sola.
Te quiero, cuñao!!!
Que bonitas y sabias palabras Joaquín y Monica.
Que mejor manera de hablar con la divinidad que conectando con nuestro niño interior. No se me ocurre mejor manera para equilibrarnos y sanar.
Besos y abrazos!
MAESTRO!!! UFFFFFFFFF
GRACIAS!!!!!🙏🙏🙏❤❤❤❤
Gracias a ti!!!