
Todos los seres humanos que somos o que hemos sido procedemos de un padre y de una madre, aun en el caso de no haber llegado a conocer a alguno de ellos o a ambos. Eso nos coloca en una posición muy diferente de la que quiere hacernos creer el individualismo imperante, que considera a la persona como individuo, es decir, un ente separado del resto, desconectado, desprovisto de un linaje, esto es, de una línea de pertenencia que hunde sus raíces en el tiempo, y por lo tanto capaz de construirse a sí mismo, de inventarse, como si fuese un dios. Se trata de una idea imposible de aceptar, por cuanto lo que nos define como seres humanos es nuestra dimensión social. Nacemos y nos desarrollamos como personas en el seno de una sociedad (entendida no como ente abstracto sino como grupo concreto), nos construimos en relación a los demás, y de los demás recibimos el aprendizaje y la experiencia. Sólo a Dios pertenece ese carácter de “causa incausada” (el origen de sí mismo, la causa capaz de causarse a sí misma y, por tanto, el auténtico creador) del que hablaban santo Tomás de Aquino o Aristóteles.
Sin ánimo de entrar en profundidades filosóficas, lo cierto es que todos pertenecemos a algo mayor que nosotros mismos, que nos sobrepasa tanto en el tiempo como en el espacio, y ese algo es una comunidad. Las comunidades humanas son muy complejas porque están compuestas por diversas capas o esferas de diferentes dimensiones. Algunas contienen a otras por ser de mayor tamaño, otras son más superficiales o más íntimas, y otras finalmente se extienden, no en el espacio, sino en el tiempo, es decir, se gestan en un pasado remoto, llegan al presente y tienen vocación de proyectarse hacia el futuro. Casi siempre se solapan generando espacios comunes en los que pueden existir relaciones diferentes entre las mismas dos personas (por ejemplo, dos hermanos pueden ser a la vez amigos y compañeros de trabajo). Y cada persona pertenece a varias esferas al mismo tiempo.
Reflexionar sobre estas cuestiones es reflexionar acerca de nuestra propia naturaleza, lo que puede ayudarnos a comprender mejor cómo funcionamos en relación a los demás. El antropólogo británico Robin Dunbar ha establecido que, si bien podemos tener un círculo de conocidos muy amplio, lo cierto es que solo profundizamos en nuestras relaciones con un número limitado de personas (el llamado “círculo de Dunbar”), es decir, que nuestro entorno íntimo verdadero se encuentra reducido; él lo sitúa alrededor de 150 personas. Son aquellos con quienes compartimos un espacio de conocimiento, confianza e intimidad suficientes, aunque con grados distintos de profundidad. Más allá de ese número se abre el campo del anonimato y de la superficialidad, aunque haya quien crea a pies juntillas que esos 700 contactos de redes sociales son verdaderos amigos (¿no hay algo llamativo en eso?). Dunbar establece círculos concéntricos de números variables, algunos de ellos muy limitados y con los que me voy a permitir no estar muy de acuerdo, por cuanto las culturas más tradicionales (la hispana, a la que pertenezco, es una de ellas) dan más importancia a la familia extensa que otras. Así, en números aproximados, este autor entiende que el círculo más íntimo (familia o amigos íntimos) se reduce a 5 individuos, 15 serían amigos cercanos, 50 las personas conocidas con las que tenemos confianza y hasta 150 compondría el total de relaciones estables.
Sea cual sea el número elegido, Dunbar retrata muy bien nuestra naturaleza social compleja, que aunque difícil de cuantificar no deja de ser absoluta e indiscutiblemente real. Las historias documentadas de niños salvajes o ferales (alejados del contacto humano durante años) ponen de manifiesto graves problemas cognitivos o de comportamiento relacionados con el aislamiento, como es el caso de Víctor de Aveyron (Francia, s. XVIII), Marcos Rodríguez Pantoja (España, segunda mitad del s. XX), Genie (Estados Unidos, 1970), Oxana Malaya (Ucrania, 1991), etc. Necesitamos de una comunidad, no sólo para ser felices, sino simplemente para ser como seres completos.
Nuestro círculo de relaciones profundas, asiduas (cuando no directamente cotidianas), sinceras y auténticas conforman lo que en el pasado podríamos haber denominado la tribu. Y no en sentido histórico, que estaría conformada por todos los descendientes de un antepasado común (como las 12 tribus de Israel, formadas por los descendientes de los 12 hijos de este patriarca), sino en sentido antropológico: los que en el pasado habríamos compartido cueva y fuego. Es a ellos a quienes debemos la lealtad más sincera, y es a ellos a quienes recurrimos seguros de recibir respuesta. Es su juicio el más temido, y su aprobación la más valorada. Esta familia extensa, tanto de sangre como de elección, conforma nuestro espacio seguro y la fuente de calor humano. En ella funciona el verdadero amor y se construyen las relaciones realmente hermosas. Cuando elegimos a alguien con quien pasar nuestra vida estamos incorporando a esa persona a nuestra tribu, a la par que nos incorporamos a la suya. Cuando reconocemos que hemos establecido una verdadera amistad con alguien (porque no creo que podamos convertirnos verdaderamente en amigos de alguien a propósito, igual que no podemos forzar el amor de pareja) sabemos que existe una invitación a acceder a la tribu de esa persona.
Las relaciones dentro de esta tribu a la que pertenecemos son asimétricas. Los padres deben protección y sostenimiento a sus hijos, a cambio de nada. El mayor enseña al más joven no siempre de palabra y muchas veces a través del ejemplo. Los iguales crecen y maduran a la vez mediante experiencias compartidas. En definitiva, la tribu es un caleidoscopio, un mosaico complejo y siempre variable, en el que entran y salen elementos y se suceden cambios en las relaciones. Este escenario es el verdadero hogar del ser humano.
Pero no podemos olvidar que cada ser es único. La quimera de la igualdad olvida este aspecto trascendental; la igualdad no es real, ni siquiera sea tal vez deseable. Cada cual tiene un camino que recorrer, hecho de elecciones y de aprendizajes, realidad de donde parte nuestra grandeza como seres únicos e irrepetibles. Es por ello más que necesario ser capaces de desafiar a la tribu, de hacer aquello que no se espera de nosotros, y que tal vez el acuerdo de la mayoría de los miembros, convertido en pensamiento-colmena, no comprenda o incluso desapruebe. La grandeza de pertenecer a nuestra tribu, la fuerza que proporciona, es que, a pesar de todo, siempre reservará un espacio para nosotros, de nuestra talla y con nuestra forma, en el que solo nosotros encajamos, y que por ello deja ese vacío definitivo cuando llega el momento de nuestra muerte. Desafiar a la tribu consiste en ejercitar la valentía para buscar nuestro propio camino y al mismo tiempo la confianza en que vamos a ser sostenidos.
Alas y raíces, los eternos instrumentos del equilibrio vital. Ambos procedentes de nuestro bastión: la tribu. Las alas que al desplegar suponen un desafío y las raíces de ese nido al que volver. Todo ser humano debería cultivar su singularidad dentro de un contexto más amplio. Parte única e insustituible dentro de una tribu; sólo una pieza (qué atrevimiento) de algo más grande que uno mismo. Ser y pertenencia. No estáis solos…


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