
La vida ofrece todo tipo de regalos. Algunos no lo parecen, y otros vienen tan bien envueltos que son muy fáciles de aceptar. Estos últimos suelen ser los más celebrados por el común de los mortales. Se le hacen fotos, se posa ante ellos y se cuentan como un triunfo o como una manifestación de prosperidad y de abundancia. No es difícil verlos en cada selfie, y, por lo general, en nuestro mundo, tan dado al escaparate, presumimos de ellos siempre que tenemos ocasión, ya que son la muestra más palpable de una vida perfecta en lo material. A mí también me encantan, me gusta exhibirlos y sentirme orgulloso, satisfecho, o ambas cosas. Al fin y al cabo, soy un ser humano.
Imaginemos una de esas situaciones-regalo ideales: has quedado para cenar con un grupo reducido de personas, con el que tienes sensación de intimidad y de calor humano. Sois dos parejas, por ejemplo. El lugar es espectacular, un restaurante selecto con vistas increíbles, que ha sido necesario reservar con atelación. En el transcurso de la cena, la comida y el vino maridan espectacularmente, con abundancia y alegría. El trato del personal es exquisito, y el tiempo transcurre entre risas y conversaciones llenas de confianza. A la hora de pagar sientes la satisfacción de poder asumir una cuenta más abultada de lo habitual, pero a la que llegas sin provocar un roto en tus finanzas. Eres abundante y exitoso. Es una cena para fotografiar y mostrar al mundo. Por qué no.
Demos ahora unos cuantos giros a la historia perfecta, y quitémosle parte del brillo original. Esas dos parejas han quedado para cenar igualmente, pero una de ellas no atraviesa un buen momento económico, así que optan por invitar a sus amigos a cenar en casa. Es un hogar normal, un piso familiar con las comodidades habituales, y que carece de vistas singulares. Los cuatro amigos se reúnen en la cocina y preparan juntos una tabla de quesos, frutos secos y una ensalada llena de imaginación. Toman cerveza mientras preparan la cena y luego descorchan la botella que han traído los invitados a casa. Ponen la mesa juntos y se sientan a cenar. El tiempo igualmente transcurre entre risas y conversaciones llenas de confianza. Es también una ocasión irrepetible para hacer un par de fotografías que ayuden a recordar una velada irrepetible. Fotografías que mostrar también al mundo. Por qué no.
Se trata del retrato del mismo regalo, uno envuelto y otro sin envolver. Acabamos de ver dos experiencias que parecen diferentes, pero que son esencialmente la misma. Tal vez en otro contexto (ajeno a estas líneas y a lo que tratamos habitualmente aquí) sería tan difícil ver las semejanzas como para nosotros ver las diferencias. Pero si desnudamos ambas situaciones de accesorios o circunstancias, la historia es la que sigue: cuatro personas que se quieren, y que mantienen una relación de confianza y afecto sinceros, se reúnen con la excusa de comer para compartir tiempo juntos. Fin. Tan sencillo como hermoso.
La vida trae regalos, y nunca podemos saber qué es lo que nos espera a la vuelta de la esquina. El protagonista de Titanic acaba cenando en la cubierta de primera clase con lo más selecto del pasaje del barco. Él intenta mantener la apariencia de un joven distinguido, hasta que finalmente es desenmascarado, y lo que parece un revés se transforma en una liberación, porque puede ser el mismo y comportarse siguiendo su propia naturaleza. Esa escena es excelente para ilustrar la idea central de estas líneas: lo verdaderamente valioso es lo importante, y lo importante es la esencia de las cosas.
Aprender a diferenciar lo esencial de lo accesorio nos abre un campo de abundancia sin límites. En muchas ocasiones, el brillo del papel de regalo nos impide disfrutar del regalo en sí. Es más, en ocasiones nos contentamos con un envoltorio vacío, y es ahí donde radica el peligro de aparentar o de mostrar tan solo un escaparate de lo que queremos que los demás vean de nuestra vida, que es lo que en el fondo querríamos que fuera. Pero la realidad es mucho más íntima: debajo del maquillaje siempre hay piel, y tras la ropa, cuerpos perfectamente imperfectos; tras una sonrisa puede haber dolor o un abismo infinito, y tras la opulencia puede haber aburrimiento, hastío y sinsentido. Sin embargo, cuando lo que importa es la piel y no el maquillaje, la aceptación de nuestro cuerpo y no el juicio por la ropa, cuando la sonrisa es el espejo sincero del alma, cuando lo aparente está al servicio de lo auténtico… la experiencia adquiere verdadero valor y significado.
Aprender a saborear el momento consiste en saber desenvolver y ver el regalo verdadero, sin renunciar por ello a disfrutar de ese papel que lo envuelve; porque un buen restaurante proporciona una experiencia exraordinaria, y un buen vino es una caricia para los sentidos. Pero no podemos perder de vista que el verdadero valor de la experiencia es eso que el escenario no puede proporcionar. Cuando aprendes a saborear la verdadera esencia del momento, aprendes a valorar realmente la experiencia en sí, y a agradecer el verdadero significado que encierra. Eso es lo importante y lo que contiene el verdadero valor.
Por ello, en cada experiencia que disfrutes, en cada regalo que encuentres a lo largo de la vida, busca su esencia y céntrate en ella. Saboréala y agradécela. Valora el contenido del libro, el calor del gesto, la intención detrás de la palabra, la generosidad tras el obsequio, la confianza que alimenta la hospitalidad, la sorpresa de lo espontáneo… Y podrás disfrutar de manera más auténtica, más consciente y más profunda cada acontecimiento. Verás que la mirada cómplice y amorosa es la misma en un café parisino que en la cocina de tu propio hogar; cambia el escenario, cambia el envoltorio. Pero no cambia nada más.


Me encanta la manera que tienes de ver la vida
Siempre tan inspirador! Gracias.
Muy apropiado para la etapa de la vida que estoy viviendo, gracias Joaquín por tanta sabiduría. Un fuerte abrazo.