
¿Quién dijo que la vida es inmutable? Si alguien lo hizo, se equivocó. Si hay una certeza en la vida es que todo cambia, y eso es algo de lo que los seres humanos conscientes han estado seguros desde la noche de los tiempos. Heráclito de Éfeso, a caballo entre los siglos VI y V antes de Cristo, ya formuló con la tesis del «panta rei» («todo fluye«) esta idea: todo cambia. Es la esencia misma de la existencia, y él la formulaba de una manera parecida a esta: es imposible que una persona se bañe dos veces en el mismo río, ya que el río mismo ha cambiado (es un agua diferente la que pasa por el mismo lugar) y porque esa persona ya ha cambiado también.
Los seres humanos, tan aferrados a la idea de la seguridad y tan proclives al miedo, quisiéramos tener el control de todo lo que acontece en nuestra existencia. Lo inmutable es seguro, es predecible, y está exento de sorpresas desagradables… pero también agradables. Cuando los cambios son pequeños podemos aceptarlos con relativa facilidad y naturalidad en la mayor parte de los casos. Pero si el cambio sacude nuestros cimientos, cuando afecta a uno de los pilares de nuestra vida… ¡Ay! Eso nos hace temblar y entramos fácilmente en un bucle de pensamientos repetitivos que giran alrededor de la incertidumbre y del miedo. Los fantasmas de las Navidades futuras comienzan a visitarnos cuando lo cierto es que ni siquiera sabemos con certeza si veremos la luz de un próximo día.
La vida es la única maestra de la existencia, y sus enseñanzas pueden llegar por los caminos más insospechados. A veces de forma sutil, como mensajes susurrados sólo audibles para quien está alerta. Otras veces, de manera brutal, en forma de enfermedad, catástrofe o revés. Pero esas enseñanzas están siempre ahí para nosotros, y nos traen recurrentemente el mensaje de que todo es mutable. Hay un proverbio zen muy repetido, pero absolutamente lleno de verdad: «cuando el alumno está listo, el maestro llega«; da igual la intensidad o la vía a través de la cual nos llega el mensaje, solo seremos capaces de verlo y entenderlo cuando estemos listos para ello. Es por esto que hay personas abiertas a lo sutil y otras que necesitan un verdadero cataclismo para reaccionar. «¿No te das cuenta?», parece decirnos la vida una y otra vez, con la sonrisa tranquila del maestro amoroso. Y cuando recibimos el mensaje, cuando lo comprendemos y lo hacemos nuestro, es cuando estamos realmente preparados para aceptar ese cambio inevitable y necesario.
Cuando hablamos de aceptar, debemos entender que no es lo mismo que conformarse. Conformarse significa ser víctimas de nuestras circunstancias, y delegar la responsabilidad en actores ajenos a nosotros mismos. Es convertirnos en una hoja que es arrastrada por el viento sin voluntad para decidir el camino que quiere seguir hacia su destino, porque creemos que no podemos hacer nada. Aceptar, sin embargo, significa hacernos responsables de aquello que nosotros mismos hemos creado con nuestras decisiones, o tomar entre las manos aquello que las circunstancias nos traen para hacer algo valioso. Cuando aceptamos es cuando se abre ante nosotros el camino del crecimiento: es cuando recibimos el regalo del renacimiento, porque para los seres humanos renacer es reinventarse. Y lo cierto es que podemos reinventarnos cada día, pero son los cambios drásticos en nuestra manera de vivir los que nos suelen dar el empujón definitivo que necesitábamos para despegar.
No debemos pensar, sin embargo, que estos giros que da la vida no duelan. Pueden ser dolorosos, y mucho. No solemos estar preparados para la muerte de un ser querido, una ruptura, una enfermedad grave o un fuerte revés económico. En tales circunstancias se resiente todo nuestro ser, en los planos físico, mental y emocional. Pero la aceptación responsable es la que los transforma de simple tragedia en enseñanza valiosa. Debemos entender que el dolor que sentimos forma parte del proceso de aceptación, del duelo necesario para despedirnos de lo que fue para permitir entrar en nuestra vida lo nuevo.
En innumerables casos el gran obstáculo para asumir el cambio está en el miedo al futuro. Todos hemos vivido experiencias en las que debíamos prepararnos para algo que estaba por venir, o que debíamos hacer. En tales circunstancias, nuestra mente comienza a crear una novela de terror, en la que el futuro está habitado por monstruos y los paisajes son tenebrosos y llenos de peligros. Ponernos en el peor de los escenarios es una obra maestra de nuestro cerebro para mantenernos a salvo, en nuestra zona de confort. Al fin y al cabo siempre es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer. ¿Os suena? Pues bien, mi experiencia, y seguro que la vuestra también si lo pensáis bien, me dice que las expectativas nefastas son siempre peores que la realidad que luego vivimos. Un estudio americano afirma que, en la lista de aquello que más miedo nos da, hablar en público está por delante del miedo a la muerte para muchas personas. Increíblemente, exponerse es motivo de pánico para muchos. Y cuando alguien debe hacerlo, su mente construye un escenario repleto de asistentes agresivos que insultan, de bloqueos, de fracasos, de errores imperdonables, de desnudez, de ridículo, y de todo tipo de pequeñas catástrofes. Pero cuando todo acaba, la única realidad es que no ha sucedido nada de eso. Tal vez algo de nerviosismo al principio, que desaparece casi de inmediato cuando nos damos cuenta de que habíamos creado un relato que nada tenía que ver con la realidad. En lo pequeño, y también en los grande, el miedo siempre supera a la realidad, y nada es tan malo como habíamos pensado que iba a ser. Porque la realidad es que solo existe el presente; el futuro no ha llegado, y el pasado ya se fue.
Reinventarse para renacer en la vida significa abrazar el cambio para permitir que nuestra existencia continúe en un camino de crecimiento. Los espectáculos más grandiosos y sutiles que nos ofrece la naturaleza son siempre precedidos de una ruptura, necesaria para el cambio. La oruga parece morir cuando interrumpe su ingesta compulsiva de hojas para encerrarse en un capullo o para transformarse en una crisálida indefensa e inmóvil. La bellota se resquebraja cuando se empapa de humedad, se agrieta y se llena de partículas de tierra. Pero en ambos casos, la muerte aparente, el fin de lo que una vez fueron, les lleva a ser mariposa o roble. Y nada queda de lo que una vez fue una oruga o una bellota, pero han alcanzado lo que siempre fueron en esencia. Por eso quiero cantar al cambio y a la transformación, a esa oportunidad de rehacernos, de renacer y de reinventarnos incluso cuando todo parece romperse a nuestro alrededor. Ser un roble consciente, capaz de aceptar incluso que algún día pueda alcanzarme un rayo, y que ese flechazo eléctrico me llevará a donde tenga que ser. Y que todo estará bien. Hoy este naturalista descalzo se siente agradecidamente abrazado al cambio. ¿Cómo vas tú a vivir el regalo de la vida en movimiento, de la vida que siempre cambia?


Siempre abrazando el cambio, amigo. Atrás los miedos.