
Piensa en algo que quieres tener. Piensa en algo que te hace ilusión. Piensa en algo especial, algo que no comprarías a diario. Piensa en algo caro. Sea lo que sea aquello en lo que estás pensado, seguro que está disponible de segunda mano. Ya he contado anteriormente cómo es mi manera de comprar, y cómo reflexiono antes de adquirir algo, buscando eludir ese consumismo que nos impregna como sociedad. Una de las costumbres que tengo (y esta me gusta especialmente) cuando pienso en algo que entra dentro de las invitaciones del inicio de estas líneas es contemplar la posibilidad de buscarlo de segunda mano.
Recurrir al mercado de segunda mano es un ejercicio muy saludable desde muchos puntos de vista: es práctico, ético, valiente y generoso. Hay personas que identifican los conceptos «usado» y «estropeado», pero la realidad no siempre es esa, ya que vivimos en una sociedad de consumo compulsivo y bastante irresponsable. En ocasiones compramos algo con una clara visión de inmediatez: lo quiero ahora y lo quiero ya, sin darnos cuenta de que tal vez estamos invirtiendo nuestro dinero en algo que realmente no va a satisfacer una necesidad concreta. También compramos para poseer, no para hacer algo con esa posesión. En otras ocasiones nos aburrimos de algo, un mecanismo utilizado en la industria y que se conoce como «obsolescencia percibida»: algo está en perfectas condiciones, pero queremos sutituirlo porque ha quedado anticuado, no tiene aspecto de nuevo. Esto sucede de una manera particularmente evidente en el mundo de la moda. Sea como sea, vivimos, sin saberlo, rodeados de bienes en buen estado, que necesitamos y que otras personas ya no quieren. La compra y venta de estos objetos es la solución ideal para colocarlos donde deben estar: cumpliendo el cometido para el que fueron fabricados.
Desde el punto de vista práctico, recurrir a un producto de segunda mano supone un ahorro considerable de dinero. Por ejemplo, según he visto en internet, un coche pierde un 10% de su valor al matricularse. A los cinco años, hablamos ya de alrededor de un 40% menos. En mi experiencia, un coche usado pero bien cuidado es incluso más fiable que uno nuevo, ya que alguien ha hecho el rodaje por nosotros, y nos evita las sorpresas que puede encerrar un vehículo nuevo. En otros objetos, como puedan ser herramientas, incluso llega a no haber diferencias entre un bien nuevo y uno usado.
Desde el punto de vista ético, la compraventa de objetos de segunda mano contribuye a la sostenibilidad. Cualquier objeto fabricado ha generado una serie de residuos, por lo que alargar su vida útil contribuye a reducir el impacto de la fabricación de uno nuevo. Además, tirar a la basura algo que está en perfectas condiciones es un despilfarro, que pone de manifiesto en muchas ocasiones que no fuimos compradores conscientes y responsables. Por ello, antes de tirar intenta vender.
Si miramos esta opción desde el punto de vista del crecimiento personal, optar por algo de segunda mano es otra manera de sobrepasar nuestros límites. Pondré un ejemplo: si necesito un vehículo, el hecho de comprarlo nuevo va acompañado de una creencia: la idea de mayor fiabilidad, y de que su duración va a ser mayor, ya que no se encuentra desgastado, cuenta con una garantía oficial, etc. Pero eso es sólo una creencia, que puede coincidir o no con nuestra experiencia posterior. La única diferencia objetiva entre un vehículo usado y uno nuevo es el desagaste, ya que la fiabilidad sólo se puede conocer pasado el tiempo. Cuando yo elijo un vehículo de segunda mano hago también un acto de fe, pero más difícil, porque faltan esas pruebas a priori que afianzan y refuerzan mi decisión cuando opto por un concesionario. Así, estoy saliendo de mi zona de confort. Además, estoy eligiendo confiar en la persona que me lo vende. Y también se me ocurre que desafiamos el jucio social de aquellos que nos miden por lo que tenemos, y no por lo que somos.
Por último, también es un acto de generosidad, ya que contribuimos a que el vendedor recupere una parte de la inversión que hizo en ese bien. Apoyamos el desarrollo de la economía circular, esa en la que los intercambios no son unidireccionales, sino que van y vienen, beneficiando en sentidos distintos.
Yo disfruto mucho tanto comprando de segunda mano como vendiendo aquello que ya no necesito. Juego al juego de la confianza, siendo absolutamente honesto con el comprador, y confiando en la palabra del vendedor. Un voz dentro de mí me dice que estoy contribuyendo a hacer de este mundo un sitio más lleno de humanidad cuando cultivo la confianza. Y hasta el momento presente todo han sido beneficios: mi coche es de segunda mano, adquirido a un particular. También lo es mi moto, a mi servicio desde hace más de ocho años y comprada de tercera mano por un precio muy asequible. Renuncio al omnipresente eslogan de: «¡Nuevo! ¡Ahora más…!», y a cambio me siento un comprador más libre y responsable, y con más dinero en el bolsillo. Piensa en algo que quieres tener. Piensa en algo que te hace ilusión. Piensa en algo especial, algo que no comprarías a diario. Piensa en algo caro. ¿Te has planteado buscarlo de segunda mano?.


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