
Una de las grandes aventuras de la humanidad es el proceso de hominización, la historia evolutiva de nuestra propia especie, marcada por una serie de hitos de enorme trascendencia, que nos llevaron a ser lo que hoy somos: comenzamos a caminar erguidos, nuestros pulgares se hicieron independientes del resto de los dedos y nuestro cerebro se desarrolló hasta convertirse en la máquina maravillosa que es hoy día. Además, no se trató de una serie de cambios desconectados entre sí, sino que el avance en un sentido posibilitó a su vez nuevas habilidades en otras direcciones. Por eso, de todas la maravillas que nos caracterizan como especie, una de mis favoritas es la coordinación óculo-mano, es decir, esa sincronización mágica y perfecta entre lo que vemos y lo que manipulamos gracias a la coordinación que proporciona el cerebro, porque constituye tal vez el comportamiento más característicamente humano. Una de las maravillas más interesantes que podemos observar de cuantas nos rodean es el juego de un niño pequeño haciendo la pinza con dos dedos y manipulando pequeñísimos objetos con cara de profunda concentración.
Y es que somos unos seres «tocadores». Cuando pienso en todo eso que soy capaz de hacer, desde los más simple a lo más complejo, la lista es interminable, por lo que me maravillo ante la prodigiosa capacidad de aprendizaje que tiene un ser humano. Casi infinita. Pero si reflexionamos acerca de cómo hemos podido aprender tanto, la respuesta será casi siempre «haciendo». Esa es la principal ocupación de un niño pequeño durante sus primeros años: hacer para aprender. Manipular para comprender. En definitiva, tocar. Nuestras manos proporcionan un torrente incalculable de información al cerebro: temperatura, textura, dureza, humedad… Observaos en una tienda de ropa: ¿Sois capaces de elegir una prenda sin tocarla?
Voy a hacer una de esas confesiones que tanto disfruto haciendo: no me gusta el golf. No me imagino caminando por un campo de cesped y golpeando una bola blanca para intentar meterla en un aguero pequeño en el menor número posible de intentos. Pero la explicación es bien sencilla: nunca he jugado al golf. Tal vez si lo hiciera me enamoraría de la sutilidad de elegir el palo adecuado. Y esto es así porque no podemos amar aquello que no conocemos o que no comprendemos. Tal vez después de conocerlo decida que no me acaba de convencer, pero seguro que mi ánimo ya es diferente.
Como todo naturalista descalzo autodidacta mi gran maestra ha sido la experimentación. Atesoro deliciosos recuerdos de infancia cargada de curiosidad, en los que casi siempre había implicado algún animal o planta. Salía a coger bichos como Gerald Durrell un día sí y otro también. Mi padre alimentó en mí esa curiosidad, y mi madre la soportó con benevolencia. Mi cuarto estaba siempre lleno de botes, tarros, cajas… Y, por desgracia, buena parte de esos prisioneros acabaron muriendo. Pero esa experiencia dejó en mí un poso de profundo cariño y respeto por todo lo que me rodea. Aprendí por la experiencia que hay terrarios muy fáciles y otros imposibles, que pasado un tiempo hay que devolver a los animales al mismo lugar en el que los capturaste, y que no merece la pena intentar dos veces un mismo experimento. Aprendí a respetar.
Hoy observo con estupor la corriente del «se mira pero no se toca». «Prohibido acariciar a los animales». «Prohibido pisar el césped». «Prohibido recoger piñas». «Prohibido levantar piedras». Esa misma corriente que persigue el respeto por la naturaleza olvida que es imposible amar lo que no se conoce, y que conocemos tocando. ¿Cómo pretendemos hacer de nuestros hijos personas conscientes, respetuosas y enamoradas de una naturaleza que no pueden tocar, que no pueden experimentar?
Tengo para mí que hay dos maneras de estar en el mundo: como actor o como expectador. El expectador sólo capta una parte del teatro de la vida, pero el actor comprende el trasfondo de la obra, y es capaz de entender todas las sutilezas y complejidades de la misma. Yo elijo transmitir a nuestros jóvenes naturalistas esa curiosidad que se alimenta con las manos, tocando y haciendo. Pero esa transmisión no puede basarse solamente en lo que se puede, sino en lo que se debe hacer. Yo quiero que mi hijo construya terrarios y cace bichos. Quiero que recolecte semillas e intente germinarlas. Quiero que coleccione cráneos y plumas de aves. Pero quiero que comprenda que el cautiverio obliga a ser responsables, y que existen límites para todo. Porque si todos los niños viven esa experiencia de cercanía responsable probablemente a nadie se le pasará por la cabeza poner carteles de «prohibido aprender haciendo». Será una generación verdaderamente enamorada de la vida que rebosa a nuestro alrededor.


Joaquín, gracias por ocuparte del futuro de nuestro planeta y nuestras vidas!!!
Aprender haciendo… me encanta 🙂
Un abrazote
¡Crear pasión y amor conociendo! Qué afortunado tu hijo, tiene al mejor de los maestros. Me encantan tus reflexiones.
El arte de crear..me encanta aprender haciendo
Por un mundo creativo con amor y muchísima luz❤💫
Gracias